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DESDE OTRA TRINCHERA
Por
ANTONIO VILLANUEVA
MELERO RIVAS, José Luis, Los libros
de la Guerra. Bibliografía comentada de la Guerra Civil en Aragón
(1936-1949), Zaragoza, Rolde de Estudios Aragoneses, 2006.
n volumen así solo podía escribirlo una
persona inteligente y buena como José Luis, ajeno a sectarismos.
Bibliófilo, erudito, aragonesista, objetivo y ameno en la
exposición, hábilmente distanciado de la materia que narra con un
punto de humor bien dosificado, Melero Rivas (Zaragoza, 1956) ha
estado implicado en todas las causas culturales de Aragón de los
últimos treinta años.
Fundador del Rolde de Estudios Aragoneses,
consejero del Real Zaragoza desde hace poco, colaborador de revistas
y publicaciones, director de colecciones de poesía, editor,
memorialista magnífico en Leer para contarlo (2003), ofrece
en este su segundo volumen una visión necesaria de la guerra civil
en Aragón. Él mismo lo califica como “el libro de un lector” que ha
decidido reunir sus lecturas y comentarlas “con libertad y sin
prejuicios”. Su elegancia e imparcialidad, sus dotes narrativas y la
excelente documentación y riqueza informativa de la obra la
convierten en pura delicia para el lector, mucho más que el “modesto
ensayo bibliográfico” que pretende el autor en la introducción. Con
él aprendemos, sin duda, infinidad de cosas sobre un pasado que cada
día se nos escapa un poco más de entre las manos.
Los libros de la Guerra es todo un
vademécum de los años bélicos, como ha dicho Víctor Pardo; un libro
de libros que nos permite rescatar la literatura producida en los
dos bandos (durante la contienda y en el tiempo inmediatamente
posterior, hasta el final de la década de los cuarenta). La obra de
un bibliófilo exquisito, fauno de librería, el poseedor de una
biblioteca mítica en su piso del Paseo Sagasta, tan prodigiosa como
su memoria.
“Es todo un ciudadano”, dice Ismael Grasa de
este Melero llamado a realizar el ideal cívico de don José Cadalso:
buen padre, buen marido (siempre enamorado de su Yolanda), buen
amigo de sus amigos (entre los que se cuentan Martínez de Pisón, V.
J. Borroy, L. Alegre, F. Romeo, J. A. Labordeta, M. Mena, A. Castro,
J. D. Dueñas, A. Peiró, Eloy F. Clemente, J. R. Villanueva, los
hermanos Acín, Teira, López Susín, Martínez Tejero, Artal…) y gran
patriota de Aragón (ha escrito más de cien artículos sobre
personalidades aragonesas: Jarnés, Cejador, Bel, Mercadal…; su hija
se llama Iguácel; ha copiado el exlibris de Juan Manuel Sánchez,
“Todo por Aragón y para Aragón”). El civismo de Pepe solo se ve
alterado por cuanto afecta a su querido Zaragoza entonces se puede
volver “un energúmeno peligroso”, como él mismo reconoce.
Melero es un gran contador de historias, un
excelente informador que ofrece datos precisos y sorprendentes con
tal gracejo y naturalidad que, en palabras de Mariano Gistaín,
incluso escribiendo sobre materias eruditas, tiene vocación de
best-seller. Su bonhomía, su capacidad para reírse hasta de sí
mismo, lo convierten en el sabio ameno y perspicaz que es, con gran
capacidad para recordarlo todo, relacionarlo todo (nombres, fechas,
libros, editoriales…) y acumular anécdotas.
Los libros de la Guerra lo forman las
reseñas de 128 opúsculos y folletos que interesan sobre todo en
razón de su antigüedad, su rareza o singularidad; la mayoría
redactados por escritores del bando ganador (“la historia la
escriben los vencedores”, nos recuerda, aunque él ha salvado una
treintena de obras escritas por republicanos). Son 128 joyas
bibliográficas difícilmente encontrables hoy, publicadas en Francia,
Cuba, Argentina, México, tan raras que apenas se conocen algunos
ejemplares en el mundo. A cambio, Melero excluye obras posteriores a
los cincuenta, que pueden conseguirse sin dificultades en
bibliotecas y librerías. Y no incluye volúmenes bien glosados como
Primera de acero (1936), Crónica del pueblo en
armas (1938) y Contraataque (1938), de Ramón J. Sender;
Homenaje a Cataluña (1938), de G. Orwell; Caravana
nazarena (1944), de Ángel Samblancat, de los que se ha dicho
todo.
Él ha seleccionado los libros que solo un
bibliotecario atento, un bibliófilo de fino afán podía haber
rastreado y hallado. Ofrece jugosos comentarios de cada obra
seleccionada, ampliamente informativos, bien escritos y
documentados. Y no toma partido, no hace juicios de valor.
Simplemente expone los hechos, deslizando si acaso —en contadas
ocasiones— alguna nota de humor, cuando el cúmulo de horrores que
narra desborda su ánimo y lo lleva a un sarcasmo catártico.
Elige Melero tres libros para un análisis más
amplio y detallado: el de mosén Jesús Arnal Por qué fui
secretario de Durruti (Tárrega, 1972), el de Avel.lí Artís Gener
56 Brigada Mixta (México, 1945) y el de Jesús Pascual Aguilar
Yo fui asesinado por los rojos (1981). Al hablar del mosén,
realza la historia de amistad entre Arnal y su compañero de juegos
Timoteo Callén, jefe local de la F.A.I. en Candasnos: emplazados los
amigos en las antípodas ideológicas, ello no impidió que el uno
sacara la cara por el otro, y viceversa, en distintos momentos de su
periplo vital. En el caso de Artís Gener, “Tísner”, cuenta la
trayectoria del anarquista de Munébrega Justo Bueno, que no era ni
lo uno ni lo otro, pues fue responsable de muchísimos asesinatos,
principalmente en Pina y Gelsa de Ebro. La historia de Jesús
Pascual, natural de Alcorisa, le sirve para hablar de Soldados de
Salamina, de Javier Cercas, uno de los últimos best-seller
de nuestras letras, que cuenta el “fusilamiento” de Rafael Sánchez
Mazas en el monasterio de Santa María del Collell, hecho también
narrado por Andrés Trapiello en Las armas y las letras. Pues
bien, el aragonés Jesús Pascual fue compañero del intelectual
fascista, carné número 4 de Falange, en aquella ocasión. Ambos
consiguieron sobrevivir, el resto —hasta cincuenta presos
derechistas— fue asesinado.
José Luis Melero nos ha devuelto folletos y
opúsculos olvidados (del comunista José Laín Entralgo, hermano de
Pedro, médico y falangista; de Fernández Aldana; de los hermanos
Giménez Arnau, franquistas acérrimos, y del académico García Sanchiz,
cantor de Franco y del Tercio español). Y nos comenta obras como
Vida y muerte de Ramón Acín, de Felipe Aláiz; un discurso de
Joaquín Ascaso en calidad de Presidente del Consejo de Aragón;
varios opúsculos de Cirilo Martín Retortillo; Nosaltres defensem
la cultura, de Fernando Claudín, escrito originariamente en
castellano y traducido al catalán. Gracias a él, tenemos una visión
completa de lo que fue la guerra en Aragón y conocemos cómo las
gastaban algunos que luego presumieron de “demócratas de toda la
vida”.
Los libros de la Guerra es un repertorio
de historias espeluznantes, como la del miliciano que se paseaba por
Teruel con los testículos del obispo en la mano o la confesión del
combatiente que reconocía haber matado a ciento diez personas.
Ruindades, asesinatos masivos, mutilaciones terribles… Aprendemos
por ejemplo que el bando franquista tuvo hasta cuatro oportunidades
de salvar al obispo Polanco, finalmente emasculado por los
republicanos antes de morir; que al caspolino Antonio Guíu lo
torturaron en el balcón del ayuntamiento ante su propia madre; que
al pintor oscense Ramón Acín y a su mujer, Conchita Monrás,
fusilados al principio de la Guerra Civil, les impusieron una multa
burda y cruel una vez muertos. Hay también detalles de valor y
humanidad, como el del tenor republicano Carlos Lizondo que, frente
al pelotón en Zaragoza, cantó el “Addio a la vita” de Tosca,
antes de caer acribillado; o el de Víctor Ruiz Albéniz, abuelo del
actual alcalde de Madrid, Ruiz Gallardón, apodado “El Tebib Arrubi”
(El Médico Cristiano) por los bereberes, que pudo reconocer
ante el juez al asesino de su hijo y renunció a hacerlo porque no
quería derramar más sangre.
Literatura de urgencia, propaganda de ambos
bandos, relatos partidarios, novelas, poemas, ditirambos, martirios
y escarnios; rapsodas de Franco, anarquistas matacuras, cobardes,
sectarios, traidores, ladrones… Todo cabe en esta obra amena y
magistral, en la que Pepe Melero apuesta por la reconciliación, sin
ocultar la verdad, el horror que fue. “En la peor de las contiendas
también hay detalles de generosidad, y de quienes menos te lo podías
imaginar”, ha dicho en alguna ocasión, repartiendo el humanitarismo
entre ambos bandos. “Yo no me pongo del lado de nadie, solo soy
sarcástico cuando ya no puedo más”, ha añadido.
Con sabiduría, sin estridencias, con humildad y
exactitud, sin sectarismo ni revanchas, este es un libro para
quienes quieran conocer el horror de las carnicerías bélicas, los
episodios de grandeza y solidaridad que devuelven la fe en nuestra
maltrecha condición humana. Un libro bien encuadernado y presentado,
con reproducciones cuidadosas de las obras comentadas, con excelente
portada de Pepe Cerdá. Los libros de la Guerra es
imprescindible para conocer la bibliografía de nuestra guerra civil.
Un trabajo impagable, hecho con amor y generosidad. Un extenso
panorama del comportamiento humano, con sus grandezas y miserias.
Hacía mucha falta que alguien contara las cosas
de otra manera, desde otra trinchera, setenta años después.
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